martes, 1 de febrero de 2011

La insoportable otredad del ser

¿Pueden convivir de manera armoniosa dos mundos distintos, casi antagónicos? ¿O indefectiblemente uno de esos mundos intentará imponerse sobre el otro? Tales interrogantes parecen sobrevolar la trama de "El hombre de al lado", película dirigida por Gastón Duprat. El argumento está basado en un conflicto doméstico entre dos vecinos. En principio parece una historia simple, y de hecho lo es en cuanto a lo que pasa. Una sucesión de hechos que le pueden pasar a cualquier persona. Lo interesante son las aristas psicológicas y sociales de los dos personajes principales (los vecinos en pugna), Leonardo y Victor, muy bien interpretados por Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz respectivamente. Leonardo es un prestigioso diseñador industrial. Tiene éxito, guita y es exasperantemente cool. Su mujer es un genuino producto del new age palermitano que trabaja en su casa dando clases de meditación, mientras que su hija, que empieza a entrar en la adolescencia, vive pegada a su i-pod y parece casi con certeza que lo odia. Víctor, un vendedor de coches usados, acaba de mudarse a la casa de al lado, de Leonardo sólo lo separa una medianera. El conflicto comienza cuando Víctor pretende colocar una ventana justo enfrente de la casa de Leonardo para "atrapar unos rayitos de sol". Leonardo, influenciado por su mujer, le exige a Víctor que suspenda la instalación de la ventana por considerarlo una invasión a su privacidad, lo atormenta ser visto por este sujeto tan vulgar, tan grasa (como lo describe en una cena con amigos que son todavía mas cool y pelotudos que él). Víctor parece una buena persona que busca agradar, integrarse; sin embargo es un tanto pesado, molesto y tiene algunas actitudes que rozan las del psicópata. De este cóctel van surgiendo situaciones de un humor que en lugar de negro calificaría de inquietante, inquietud que irá creciendo paulatinamente con el transcurrir de la película.

Emile Benveniste decía que el "yo" carece de sentido sin un "tú". El problema comienza cuando los cimientos del propio sentido se ven amenazados por un Otro que parece haberse acercado demasiado, tanto que la última barrera es una pequeña medianera.