viernes, 7 de mayo de 2010

Puedo morir como un francotirador


Ya se escucha a lo lejos
el colapso de plegarias,
exhaustos profetas habrán de recibirlas,
la habitualidad se torna ridícula
corredores de bolsa son inútiles
distracciones que ya ni aburren
todos corren al templo,
a ningún lado.

Yo me predispongo
al goce,
al disfrute
de lo mío,
de este sótano,
hoy más lúgubre que nunca.

El último atardecer
no traerá quietud
o quizás si,
ya no importa,
vamos a arder en el fuego
el de nuestra infinita soberbia.

Angustia o locura,
esa es la encrucijada de esta tarde
voy a despedirme
de acusar,
de dudar,
de la impaciencia,
de todo aquello que me hizo extremadamente humano
como el resto
que se entera recién hoy,
de lo único-único que les toca
aquello que nadie puede hacer por nadie.

La negra cosechera terminará cansada,
demasiados turnos para un solo día
hasta me da lástima,
quizás le dedique un brindis
de los tantos,
de los últimos.

Las cerraduras no se abren
a ella no va importarle
un quiebre,
una fisura,
excusas suficientes para su llegada
ella
tan individualista y comunista al mismo tiempo
un reparto socialista que a todos alcanza
y la sensación angustiosamente individual que precede su llegada
es una lástima recibirla aquí,
en este sótano
sin colores,
con casi nada que pueda llevarse,
este lugar podría deprimirla
lo lamentaré
íntimamente lo disfrutaré.