viernes, 19 de agosto de 2011

Un lugar

Me bajo, desesperado, del bondi que al fin me lleva a ese lugar del que me separaban kilómetros, millas, dólares, pesos, obligaciones, fronteras, pasaportes, pasajes, años, meses, semanas, promesas, personas, relaciones, tristezas, alegrías, temores, perezas. Hasta hoy. El sol me recibe con sus caricias de invierno cálido, vanidoso y mentiroso. Pienso, por un instante, en el desperdicio de vegetar en el país de los domingos grises. Luego, simplemente dejo de pensar. Descubro entonces que mi cara es capaz de escuchar al viento. Mis manos sueltas, desprejuiciadas, sucias y limpias, purificadas por la sal, dejan escapar un puñado de arena blanca. Tomo la decisión de hundirme en el gran abismo color turquesa. Soy una nada que nada en el todo hasta fundirse en una especie de absoluto. Salgo por un rato. Llegan acordes del este, alegres, latinos, los seguiría, pero son ellos quienes me siguen. Se me ocurre que, en este preciso instante, yo sería un un plato codiciado por cualquier caníbal que se precie de tal, estoy saborizado por una atmósfera desmesuradamente alegre. El hecho de devorarme ameritaría descorchar un vino de antiguas y memorables cosechas.
Mi espalda se desploma en los relieves que ofrece la primera de una serie de palmeras dispuestas en perfecta geometría. Me entrego por completo a la belleza. No espero nada, lo tengo todo.

2 comentarios:

Rodrigo dijo...

Que bien que estás escribiendo amigo. verdaderamente.

Martín Espinosa dijo...

Se agradece su lectura y el halago amigo.