martes, 26 de octubre de 2010

Jugar de noche



"casi todos nacen genios y los entierran tontos"
Charles Bukowski


El niño jugaba de noche. Encontraba allí, en su quietud, el silencio que le permitía actuar libremente. Si bien disfrutaba de la calidez que puede otorgar un día soleado, había algo en el día que lo condicionaba. Quizás las rutinas visuales y auditivas le quitaran creatividad y pusieran límites a su capacidad de invención. La cuestión es que cuando no era de noche lo dominaba un profundo tedio somnoliento. Lo curioso del niño era que encontraba diversión en el momento que la mayoría se entrega al descanso: la calma nocturna. Es que el niño entendía que aquella calma era pura apariencia, que había mucho por descubrir en ella. Pero para eso debía adentrarse, profundamente, en la noche. Sus juegos solían comenzar minutos después del anochecer, y mientras transcurrían las horas iba probando distintas variantes de juegos conocidos. Aplicando reglas de un juego a otro totalmente distinto. Así, por ejemplo, el reglamento del juego de damas le era aplicable a la escoba de 15. Diversas mezclas e inventos de los que nacían juegos inéditos. Sus jornadas lúdicas solían extenderse hasta el amanecer, momento en le cual caía desplomado en su cama repleta de juguetes y envoltorios de golosinas.
Sus padres se mostraban visiblemente preocupados. Entendían que los hábitos que estaba adquiriendo su hijo harían de él un ser solitario, con graves dificultades para establecer vínculos sociales con otros niños de su edad. Al ver que estos hábitos eran cada vez más evidentes y que su hijo dormía de día y vivía de noche, decidieron que había llegado la hora de que el chico comenzara algún tratamiento psicológico. Consultaron a distintos especialistas en trastornos infantiles, la mayoría de ellos coincidió en que la mejor opción era la de internar al niño en algún instituto psiquiátrico para infantes. Un tratamiento de este estilo podría asegurarles resultados efectivos en poco tiempo. Los especialistas aseguraban que, de esta manera, se podría reencauzar al niño para que pudiera adquirir las rutinas normales que un chico de su edad debía tener.
A sus padres les costó tomar la decisión, pero al ver que varios familiares y amigos coincidían con el diagnóstico profesional, terminaron por decidirse a favor de la internación.
Cuando le comunicaron al niño que lo iban a internar su reacción inmediata de derramar una infinidad de lágrimas, producto de su incapacidad de comprender que era lo que había hecho tan mal, de no entender a quién le hacía daño con sus juegos nocturnos. Obviamente su reacción empeoró las cosas y sus padres debieron llevarlo por la fuerza al instituto psiquiátrico. El niño permaneció allí, exactamente tres meses y dos semanas. Fue sometido a un tratamiento que combinaba ejercicios físicos matinales, charlas grupales con otros niños que presentaban cuadros similares, somníferos infantiles y juegos limitados en pequeñas dosis para que el aburrimiento no lo hiciera pensar por las noches y así pudiera dormirse tranquilamente.
Al terminar el tratamiento el niño volvió a su hogar. Sus padres se sentían aliviados. Vieron que el sacrificio de estar separados de su hijo por más de tres meses había rendido sus frutos. Ahora, su pequeño se dormía como mucho a las nueve de la noche. Y al constatar que durante el día hacía más o menos las mismas cosas que los hijos de la gente que conocían, sus padres se llenaron de esa tranquilidad que sólo da navegar por rutas conocidas. Una nueva etapa comenzaba en la vida del niño. No se trataba de dejar de jugar, todavía le esperaban varios años de tierna infancia por delante. Le quedaban aún muchos juegos por jugar, aunque ya ninguno por inventar.