sábado, 12 de julio de 2008

Ardid efímero

La niña caminaba descalza, en sus ojos podía sentirse el hambre que poco a poco la consumía. Lucía débil, frágil, vulnerable, sin embargo, la niña caminaba sin detenerse.
En su tierno corazón cuidaba la certeza que en ese caminar se fugaba la vida. Pero parecía no importarle perder aquella vida, convertida en una sucia cloaca donde naufragaban sus días rodeados de miserias, enfermedades, injusticias… mientras tanto, la niña caminaba sin detenerse, y a su alrededor el mundo ciego, sordo y mudo… giraba ausente.
La niña caminaba con su mirada muy lejos; ¡nunca debió detenerse ante esa ventana! La escena violenta, su sobresalto, su grito angustiado… y aquella sombra. ¿Qué sería eso? Su tamaño era en exceso voluptuoso para ser un hombre. ¿Tal vez fuese una bestia? ¿O tal vez varias?
La sombra caminaba detrás… La niña comenzó a correr con desesperación, la angustia navegaba por su cuerpo, ella sólo quería regresar a su hogar. Giró su cabeza y vio detrás suyo a la gran sombra persiguiéndola. Apuró su ritmo al extremo, su respirar era agitado. El caminar de su perseguidor parecía más veloz que el correr desesperado de la niña. Pareció detenerse un instante para tomar fuerzas, pero no, la sombra de aquella bestia, hombre o lo que fuese se encontraba demasiado cerca.
Al ver que su final se anunciaba en su exhausto respirar la jovencita se lanzó por una pequeña alcantarilla, por donde el cuerpo grande y robusto de aquel ser no pudiese pasar. Cayó precipitadamente al suelo húmedo y aún invadida por un susto aterrador siguió corriendo bajo tierra.
A lo lejos un nuevo sonido reemplazó el de los pasos apurados, comenzaba a llover…
Con los pies en el agua, la niña corría por la alcantarilla sin pensar en el nuevo peligro que la acechaba.
Seguía adelante buscando una salida lo suficiente lejos para perder a su perseguidor, lo suficiente cerca para aquietar sus temores.
El agua continuaba subiendo mientras la niña, perdida en su huída, no lo percibía.
Estaba agotada de ser una presa tan fácil del miedo. Parecía que su destino sería siempre el de escapar. El agua alcanzaba ya su cintura, recién entonces pudo darse cuenta del riesgo que corría.
Aquel posible escape se había transformado en una trampa mortal. La niña comenzó a gritar desesperada. Pero nadie atendía su clamor. Desde abajo de la tierra podían oírse las conversaciones, los pasos apurados de una ciudad autista, que seguía su andar mientras la niña lloraba con una angustia devastadora.
Un recuerdo, en apariencia olvidado, ocupó por completo su cerebro. Esa agua la había trasladado a las tardes con su abuelo, en el mar. En una de esas tardes el abuelo le había enseñado a descansar en el agua. Ahora, la niña oía la voz del anciano diciendo: “cuando estés cansada de nadar, simplemente colocate boca arriba lo más derechita posible y dejá que el agua te sostenga”.
La niña intentaba hacerlo, aunque su agitado respirar no facilitaba la tarea. Logró mantenerse boca arriba en la turbia agua y con sus manitos se ayudaba para seguir avanzando hacia algún lugar, donde la salve una salida. El agua era espesa, ratas muertas flotaban a su alrededor. Un olor nauseabundo teñía de mayor repugnancia aquella situación.
Un cruel pensamiento comenzó a invadirla “¿para qué volver allí afuera? ¿Para qué seguir escapando o de la bestia, o del hombre, o de las injusticias de un mundo que la había olvidado por completo en un estado de autismo criminal?”.
No había nada nuevo esperándola, sólo dolor, sufrimientos y nuevos escapes para seguir perdurando en un mundo de muertos.
Entonces eligió colocarse boca abajo y esperar que la eternidad la encuentre ofreciéndole una nueva chance.

El cruel verdugo alzará la voz al anochecer