martes, 3 de julio de 2007

La sospecha de la conciencia

El fundamento de la modernidad fue el saber de sí que va progresando en el tiempo. Su crisis consiste en que no puede saberlo todo. Que el progreso no está garantizado por el transcurso del tiempo. Que ya no hay una filosofía de la historia. Finalmente, el sujeto del saber absoluto se muestra dependiente, fragmentado, impotente... La conciencia deja de aparecer en su transparencia para verse como un conjunto de velos, que enmascaran un núcleo al que nunca se llega. Este proceso de desvelamiento pone en duda también la noción de verdad. Lo que se creía verdadero no es más que una construcción que se hace coincidir mediante un forzamiento de lo real para que se ajuste al esquema representativo. La conciencia no se puede saber así misma y sólo se la puede explicar desde afuera de ella.
Surgen nuevas metáforas para la conciencia, ahora es velo, disfraz, autoengaño, ideología... Y lo que se plantea es que ella es el efecto de sus determinaciones y no la causa de su ser. De otro modo, que el sujeto ya no es subiectum en el sentido de fundamento, sino más sujeto de sujetado, atado a una serie de instancias de las que ya no es razón, fuente ni origen.
Nietzsche denuncia que en el origen sólo se encuentra la voluntad de poder del amo, que constituye lo que le conviene, lo bueno para sí, que pasa a ser lo bueno en sí para el resto que acepta las imposiciones del más fuerte. Frente a esta fuerza activa (del amo), las fuerzas reactivas (del esclavo), que no pueden generar valores por la debilidad de su voluntad, transforman en moralidad su propia derrota. Así la compasión, la piedad, la humildad aparecen como genuinas concepciones morales, cuando en realidad son el resabio, lo que queda de espíritus derrotados incapaces de imponer su propia visión del mundo.
Porque mientras haya sujeto habrá velo, ¿quién podría enfrentarse con su propia nada de ser? ¿No haría falta siempre avanzar enmascarados?
No se trata de una nueva filosofía que desplaza a la conciencia sino más bien de una ética. Por eso las preocupaciones girarán de ahora en más, no en torno al estatuto filosófico del sujeto sino a su condicionamiento ético. Así un ser viviente arrojado en un tiempo y un espacio se constituirá en sujeto por la vía de una ley, la de la lengua, la de la cultura que lo arranca para siempre, no sin dolor, del ámbito de la naturaleza.

Agradecemos desde aquí a Alejandra Gonzalez por ayudarnos a encender nuestra linterna, iluminando el falso día, ese desierto que avanza en la mentirosa luz de la ilustración universal.