lunes, 12 de julio de 2010

La moral hipócrita


"LA PUTA, LA GRAN PUTA, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó a Constantinopla y bañó de sangre a Jerusalén; la que exterminó a los albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de herencias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristoloco el rabioso y a Pedro-piedra el estulto; la que promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda; la que nunca ha querido a los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antisemita, la esclavista, la homofóbica, la misógina; la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa, la mentirosa, la insidiosa, la traidora, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la inconscuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autocrática, la despótica, la uránica; la católica, la apostólica, la romana; la jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussolini y de Hitler; la ramera de las rameras, la meretriz de las meretrices, la puta de Babilonia."

Fernando Vallejo - La puta de Babilonia

¿Desde que lugar estos tipos son capaces de establecer que es lo natural  para el hombre? Sólo desde el lugar hipócrita y cínico al que la iglesia católica nos tiene acostumbrados. Esperemos que la clase política este a la altura del tiempo historico que nos toca y dicte la ley para que se puedan casar las personas del mismo sexo,  y que así tengamos un poco más de igualdad de derechos para todos. No son tiempos de seguir escuchando argumentos intolerantes y conservadores que huelen a rancio.
Más tarde o más temprano, los dinosaurios van a desaparecer.

viernes, 2 de julio de 2010

Luto de azul

La casa de la playa permanecía tranquila y vacía. Aunque el siguiera viviendo allí. Los veranos ya no le significaban lo mismo. La compañía de sus dos perros labradores lo ayudaba tanto o más que el whiskey vespertino. Para compensar sus vicios solía correr por la playa durante la mañana, pero ya se trataba de otro de los tantos buenos hábitos que había abandonado. Ya no sentía la necesidad de pagar por sus excesos. Que pasara lo que tuviera que pasar, esa era su máxima desde aquel día imposible de extirpar de su memoria inmediata. Y las cosas pasaban, entre ellas el tiempo, que se deslizaba por cada instante de su vida sin ocasionarle ya molestia alguna. De vez en cuando pensaba en mudarse a la ciudad más cercana. Pero entonces recordaba su promesa, se iba al mar a evaluarlo y ahí era cuando las ganas del cambio se le esfumaban. Se aferraba a la idea de que era preferible extrañarla en la arena que olvidarla en el cemento.
La noche le costaba más que nada, solía huir al bar de don Julián a tomarse dos, tres, cuantas cervezas fueran necesarias para anestesiarlo. Y si así lo encontraba el verano, mucho peor sería el invierno. Pero mejor no adelantarse a los hechos, era una lección aprendida mediante la profunda eficacia de los golpes recibidos.
Cuando quería decirle algo se acercaba hasta la orilla. Entonces el mar lo encontraba hablándole, llorándole, a veces hasta horas. Hacerlo lo tranquilizaba. Ironizaba para sí, comparándose con la mayoría que les habla a los ausentes mirando arriba, para el cielo. Así fue pasando el duelo, entre las olas. Negó, luchó, se resignó, lo aceptó.
Un día de esos recordó una de sus últimas charlas con ella. Conversaban sobre lo uno de lo vivo, las partes del todo y el todo de las partes. Luego de esgrimir argumentos esotéricos, filosóficos, racionales o incoherentes, habían concluido en la existencia de algo mucho más perfecto que sus egos. Volvió a llorar, pero aquellas fueron sus últimas lágrimas ofrendadas al océano. Le había tomado un tiempo comprenderlo, pero ahora el mar era él, y también era ella.


Fuente foto: ELMASMIGUELDETODOS

miércoles, 30 de junio de 2010

Inseguridad

Cualquiera que avale o justifique acciones como esta, no merece otro adjetivo calificativo que el de miserable. Y para justificar injusticias de este tipo alcanza con votar al PRO en las próximas elecciones. Esto que paso en Liniers, la UCEP, etc, no hace otra cosa que generar violencia en grados altísimos, y el que este de acuerdo con la generación de violencia que entonces después se la banque calladito si es que le toca sufir un episodio violento en carne propia.

martes, 15 de junio de 2010

Justificar la propia existencia

Creo que si hay que justificar la propia existencia ante alguien o algo es primordialmente ante uno mismo, de ahí que se trate de un acto necesariamente personal. Nadie puede hacerlo por otro. Quizás se trate del acto más personal y singular después del acto de morir. Porque justificar va a significar hacerse cargo de uno mismo, darse algún sentido, cualquiera que sea. Este sentido será genuinamente nuestro siempre que lo hayamos elegido nosotros en lugar de vivir la vida que se tiene que vivir, según los postulados que vaya a saber qué o quién estableció alguna vez.
Descartes decía que somos una cosa que piensa, que a partir de nuestra subjetividad es que podemos dar cuenta de nuestra existencia. Es un buen punto de partida: recuperar la subjetividad, descosificarse, parar la pelota y mirar para adentro. Pero una vez que recuperemos la lucidez de nuestro autoconocimiento, habrá que hacer algo con eso. Caso contrario, nuestra singularidad será nuevamente presa fácil para volver a alienarse en el consumo, el trabajo, la caja boba o en cualquiera de los pilares del globalizado sistema capitalista. Un camino posible es sumarle, al pensamiento, la elección. Reformular, en términos sartreanos, el cógito cartesiano para pasar a ser una cosa que elige. Darse el propio sentido y actuar consecuentemente con eso que elegimos. Sólo en un contexto de este tipo es que es posible encontrarse con la tranquilidad verdadera: aquella que otorga la coherencia de nuestros actos. Una existencia injustificada, a la deriva, bamboleándose a donde pinte por la inercia, podría parecer, en apariencia, que también reposa en cierta tranquilidad. Pero en realidad se trata de una conciencia anestesiada. Sería como confundir a alguien que medita con una persona empastillada con somníferos.
No creo que sea posible una justificación absoluta y continua en el tiempo. Pude comprobar que se trata de momentos, de raptos de lucidez en que es posible escuchar nuestro deseo más íntimo, ese que conmueve y moviliza. De esos instantes aprendí algo que procuro no olvidar jamás: vale la pena intentarlo.

sábado, 12 de junio de 2010

Preludio de un sueño



"Los logros más grandes fueron al inicio y por un tiempo un sueño. El roble duerme en la bellota; el ave espera en el huevo; y en la más elevada visión del alma un ángel de la guarda se agita. Los sueños son las semillas de la realidad"


James Allen

jueves, 3 de junio de 2010

Memorias cincopesistas

Vamos a ver que me depara el día de hoy. Por lo pronto me dispondré a disfrutar de mi única certeza: la de saber que cada día será distinto al anterior. Pero debo confesarles que ya estoy un poco cansado, son muchos años ya los que han pasado sin poder tomarme un descanso. Además, ocurre que cada vez que me siento a gusto con alguien es cuando me tengo que empezar a despedir. En fin, lo supe desde el día que nací, allá por el barrio de Retiro, al igual que todos los de mi clase. No nos hicieron a todos iguales. ¡Algunos tuvieron la suerte de portar hasta tres cifras! Yo, en cambio, debí conformarme con una sola. Sin embargo, admito que prefiero una sola cifra con San Martín en mi frente a tener tres cifras pero acompañadas por el retrato de un genocida.
Más allá de las cuestiones relacionadas a valores nominales, si hay algo que rescato de mi vida es la aventura cotidiana. Mientras que ellos, los de tres cifras, podrán tener largas jornadas de descanso en alguna bóveda o caja fuerte, lo cual está bien para un par de semanas de relax, pero supe de algunos que permanecieron encerrados durante años en lugares como esos. Yo no podría soportarlo, sufriría una tremenda claustrofobia. Ante esa posibilidad es que valoro, cada vez más, mi trajín cotidiano, mi constante caminar, por llamarlo de algún modo. Aún cuando esa elección me haya producido efectos colaterales en mi aspecto visiblemente gastado y arrugado.
A los que menos tolero, de aquellos que comparten mi condición billeta, son los yanquis, esos que vienen portando las caras de Washington y Franklin, creyéndose los dueños de este mundo. Procuro aclárales los tantos cada vez que me los cruzo en alguna billetera, les advierto entonces lo lejos que están de su país y que por más que aquí algunos les den tanta importancia, no dejan de ser unos huéspedes indeseados.
Conocí bastantes personas. Por lo que valgo pude cruzarme con gente de todas las clases sociales (hasta me crucé con algún famoso en circunstancias lastimosas), he sido útil para todos, para algunos apenas propina y para otros una cena. Fui escrito, robado, extraviado, roto y reparado. Fue una vida agitada, de allí se deduce mi estado avejentado. Estoy viejo, lo sé. Hace un par de días confirmé esta certeza de mi ancianidad, fue cuando un kiosquero le dijo, al verme, a la chica que me llevaba: “¿No tenés otro?”.
Siempre que me pongo a revisar mis páginas pasadas es inevitable que se me cruce su recuerdo. Nunca estuve tan flasheado con alguien como con ella. Nos conocimos en la billetera de un importante empresario textil. Ella llegó recién salida del banco. Era una impecable e inmaculada American Express dorada. Su belleza me hipnotizaba diariamente mientras ideaba como establecer un primer contacto. Tardé un tiempo en animarme a hablarle, pero cuando lo hice me di cuenta que además de hermosa era humilde y simpática. Ella le hablaba a todos por igual, hasta solía bromear con un par de viejas monedas que reposaban en uno de los bolsillos internos de aquella billetera. A la noche, mientras el resto dormía, solíamos quedarnos conversando sobre la vida, las personas, nuestra existencia, sobre cualquier cosa.
Fue muy duro separarme de ella. Me duele de solo recordarlo. Ocurrió dentro un taxi, en un viaje que costó quince pesos, por lo que abandoné el mejor lugar donde estuve junto con un compañero de diez. Aguanté las lágrimas como pude y le dije que estaba convencido de que volveríamos a vernos. Que iluso era, por ese entonces yo creía en el sentido del destino.
Ahora, aquí estoy, en el bolsillo del delantal de Pedro, un verdulero del barrio de Villa Crespo. Hoy seguro me vaya para otro lado, soy el último billete de cinco pesos que le queda.
Algunos dicen que nos espera el mismo final de nuestro predecesor el austral: la extinción. Yo elijo no escucharlos, para pálidas me quedo con mi nostalgia por la American.