viernes, 15 de julio de 2011

Globos sí, libros no




Después de la elección porteña me queda la siguiente sensación que elijo formular en forma de hipótesis: la caracterización, realizada por la derecha, del peronismo como barbarie, ha muerto. El 10 de julio de 2011, luego de estar convaleciente durante varios años. Fue enterrada junto al gorilismo culto y refinado que supieron cultivar personajes como Borges y Bioy Casares. Lo extraño del caso es que dicha caracterización murió para nacer, ahora en sus entrañas, en el mismísimo ser de la derecha. Con un bigote postizo de Freddie Mercury bajo el brazo. La barbarie se mudó de barrio, se fue a vivir a Recoleta. A partir del 10 de julio del 2011 la derecha jamás podrá volver a acusar a los movimientos populares de grasas e ignorantes. Nunca más. Su símbolo, su gran esperanza blanca, es un tipo que ni siquiera sabe con exactitud cuestiones que se enseñan en la escuela primaria, como por ejemplo lo que se festeja en las fechas patrias. Como bien dijo Lucas Carrasco en este excelente post, les da vergüenza su candidato.

Esto no es un juicio de valor con respecto de aquel que votó a Mauricio convencido de que es lo mejor para la totalidad de los ciudadanos porteños, o de aquel “apolítico” que lo votó sin fundamento alguno (todo bien capo, ya vas a cambiar y a interesarte un poco más en la política, lamentablemente eso solo sucederá cuando te sientas fornicado).

A quienes si va dirigido esto es a quienes representan el antiperonismo furioso, ahora bajo la modalidad histórica anti-K. A aquellos que siempre se vanagloriaron de tener a la Cultura de su lado, de ser la Civilización, la Razón. A las pobres y desdichadas almas que suponen ignorantes a quienes eligen a una mujer que puede estar hablando, sin leer, más de dos horas en foros internacionales sin perder el hilo de lo que está exponiendo. Estimo que Macri no llegaría ni a los diez minutos. Va para ustedes, señoras y señores, sepan que entregaron su (supuesta) esencia en pos de un resultado electoral local, por lo que ni me quiero imaginar lo que serán capaces de entregar en Octubre, ¿llegarán al punto de votarlo a Duhalde? Imagino a alguno de ustedes teniendo que meter en la urna la boleta del “Cabezón” y no puedo evitar estallar a carcajadas.

Gorilismo culto, que en paz descanses. Barbarie fashion, vos sos bienvenida.





domingo, 10 de julio de 2011

Soledad





Me tentaba demasiado la última gran obra del exitoso pintor francés Jean Paul Dubois. Tanto como para cometer una locura, lo suficiente como para embarcarme en un acto que desbordara irracionalidad. Esa pintura había sacudido mi interior. Quizás se tratara de algo tan simple como un capricho, pero no por simple dejaba de ser una sensación conmovedora. Lo supe desde el día en que me llegó la muestra al museo: esa pintura debía ser mía. Dubois, aunque no lo supiera, había pintado aquello exclusivamente para mí.
Toqué a los contactos adecuados e hice las averiguaciones correspondientes, la pintura salía veinte mil euros. Exactamente el doble que los ahorros de toda mi vida. Me vino a la mente la posibilidad de sacar un crédito, había que tener en cuenta que hacía veinte años que trabajaba en el museo en relación de dependencia  y mi historial financiero gozaba de una pulcritud absoluta. El banco me lo tendría que otorgar sin dudarlo.
Le comenté la idea del préstamo a Mirtha, mi mujer. Todo le pareció una insensatez, propia de un desquiciado mental. Le contesté que tenía razón en todo, que me había dejado llevar por sensaciones sin sentido alguno. Eso le dije a ella. A mi me dije que conseguiría esa pintura sin importar lo que opinara mi mujer, el vecino, el presidente o el mismísimo Dios en persona.
“Soledad”, ese era el nombre que había elegido Dubois para su obra más lograda, definitivamente la más bella e intensa que pudiera pintar en toda su vida artisitica. En el lienzo se ve una mujer sentada sola, encorvada y con la cabeza un tanto gacha, el ambiente envuelto en penumbras pero con una infinidad de detalles que igualmente pueden observarse, como el deterioro de los muebles, las botellas vacías que aparecen desparramadas por el piso...pero lo que me atraía de manera poderosa era la mirada de aquella mujer, sus ojos tan apagados, al igual que todo el ambiente que la rodea. Cada detalle, pero en especial ese, me transmitía una desolación absoluta. Aquí, Dubois ha llegado al punto más alto que puede aspirar un artista: cuando una obra despierta sensaciones profundamente viscerales, sin mediar racionalidad alguna. En aquel momento reflexioné que si, al carácter conmovedor de la obra, le agregaba la locura que estaba por cometer para conseguirla, resultaría todo doblemente conmovedor.
Tenía diez mil euros, la pintura salía veinte mil. Disponía de  muy poco tiempo para conseguir el resto del dinero si es que no quería que nadie se me adelantara en la compra de “Soledad”. Mientras caminaba por la calle en busca de respuestas me alcanzó una idea de la ya no me pude escapar. Podía doblar el dinero que tenía en una sola noche. Rojo o negro, par o impar. No tenía dudas de que el generoso dios del azar iba a estar de mi lado, es que no creía que jamás nadie hubiese apostado por un fin tan noble ¿o acaso existe algo más noble que el arte?
Mis números predilectos siempre fueron impares, por lo que decidí apostar todo a la chance impar. Todos los presentes quedaron azorados cuando coloqué semejante cantidad de fichas doradas en el paño. No era para menos, mi atuendo de pobre tipo no se correspondía con que estuviera en la mesa vip del casino y menos con que apostara tal cantidad de dinero. En ese momento Mirtha tenía la certeza de que yo estaba cenando con compañeros del trabajo. Que estúpida, pensé, como podía ser tan insensible con respecto a una obra de arte de tal magnitud. En eso pensaba mientras giraba la bola en la ruleta, hasta que se detuvo y ya no pensé más. Salió el 19. De repente yo, el insignificante hombrecillo que trabajaba en el museo, era el heróe de la noche en el casino. Invité unos tragos al resto de las personas que compartían la mesa, dejé unas fichas de propina al croupier y me retiré de inmediato a cobrar el dinero. Guardé los fajos de billetes en mi viejo maletín  negro y tomé un taxi en la puerta del casino. El chofer me preguntaba como me había ido y yo contestaba con evasivas y generalidades para que me dejara tranquilo. A veces se ponía demasiado cargoso con sus preguntas. Intuí, por la tonalidad de sus palabras, que el hombre había estado bebiendo y que entonces esa era la causa de su insoportablidad. Ibamos por Avenida Independencia, cruzando la avenida Entre Ríos, cuando me contaba de un supuesto amigo suyo que había descubierto la fórmula para ganar la quiniela. Ese es el último recuerdo que tengo de aquella noche. Un colectivo que venía por la avenida Entre Ríos embistió de lleno al taxi. Supe un tiempo después que el taxista murió en el acto. Yo me salvé de milagro, pero al costo de no volver a caminar jamás. El maletín desapareció, la policía jamás supo explicarme como fue eso posible.
Finalmente, la pintura terminó siendo adquirida por un millonario español, accionista de la cadena de tiendas “El corte inglés”. Supongo que la pintura irá a parar a su vasta colección, siendo simplemente una más entre tantas. Mirtha me abandonó y se fue a vivir a la casa de sus ancianos padres. 
Escribo y recuerdo estos sucesos en un estado de desolación absoluta, mis ojos están tan apagados como todo lo que me rodea. En breves instantes dejaré de existir. 


domingo, 29 de mayo de 2011

Dudas y certeza

Un despertar nace del letargo
para que haya algo tuvo que haber nada
es así que aparece una certeza
que deambula entre las dudas
las inquieta,
les pregunta,
las acosa.

Las dudas dudan de sus dudas,
resisten
interrogan obstinadas
la certeza quiere todo para ella,
entran en la guerra
silenciosa
que duele, que molesta
demasiado larga mientras dura.

Pero hoy
parece que pactaron,
llegó  la hora de la tregua
dos antagonismos conviven armoniosos
prometió la certeza terminar con sus ataques
la duda entonces retrocede,
se repliega  
ya no invade.

lunes, 23 de mayo de 2011

viernes, 25 de febrero de 2011

Instantes

De vez en cuando aparecen instantes a los que, si fueran visibles, les sacaría una foto. La enmarcaría y la foto se transformaría en un cuadro, en uno de los tantos que tendría colgado en el pasillo del hastío. Los cuadros sería entonces amuletos, equilibristas suicidas a los que el recuerdo no oxidaría. Pero los instantes no se dejan fotografiar, se escurren entre los sentidos, casi siempre sin dejar huellas, y cuando dejan alguna es tan efímera como una pisada en la arena. A veces se dejan enjaular en mi cerebro, pero enseguida los invade un ejército de trivialidades sedientas de singularidad y entonces arrasan con ellos, los devoran sin piedad. Pareciera que estos instantes estuvieran hechos de un material desconocido, de una sustancia no compatible con las posibilidades de la experiencia humana, pero cierta anomalía permite que accidentalmente se crucen con nuestras conciencias en una considerable muestra de generosidad por parte del azar. Tuve la particular suerte de cruzarme con varios, sin depender demasiado de factores externos, lo prueba el hecho de haberlos captado tanto en la orilla de un río como en algún rincón de una gris oficina de empresa. Alguno podría razonar que su independencia externa supone una chance para generarlos intencionalmente desde la propia subjetividad. Grave error, su independencia es total y absoluta. Como máximo uno podría aspirar a coincidir en el tiempo y lugar en los que el instante se digne a aparecer, pero no hay parámetros a los que aferrarse, excepto algo tan abstracto y peligroso como la intuición, que siempre puede mandarse una broma pesada .Por si le sirviera a alguien de consejo, yo logré tomar el control en todo este embrollo acerca de los instantes cuando terminé de asimilar que es imposible controlarlos.


martes, 1 de febrero de 2011

La insoportable otredad del ser

¿Pueden convivir de manera armoniosa dos mundos distintos, casi antagónicos? ¿O indefectiblemente uno de esos mundos intentará imponerse sobre el otro? Tales interrogantes parecen sobrevolar la trama de "El hombre de al lado", película dirigida por Gastón Duprat. El argumento está basado en un conflicto doméstico entre dos vecinos. En principio parece una historia simple, y de hecho lo es en cuanto a lo que pasa. Una sucesión de hechos que le pueden pasar a cualquier persona. Lo interesante son las aristas psicológicas y sociales de los dos personajes principales (los vecinos en pugna), Leonardo y Victor, muy bien interpretados por Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz respectivamente. Leonardo es un prestigioso diseñador industrial. Tiene éxito, guita y es exasperantemente cool. Su mujer es un genuino producto del new age palermitano que trabaja en su casa dando clases de meditación, mientras que su hija, que empieza a entrar en la adolescencia, vive pegada a su i-pod y parece casi con certeza que lo odia. Víctor, un vendedor de coches usados, acaba de mudarse a la casa de al lado, de Leonardo sólo lo separa una medianera. El conflicto comienza cuando Víctor pretende colocar una ventana justo enfrente de la casa de Leonardo para "atrapar unos rayitos de sol". Leonardo, influenciado por su mujer, le exige a Víctor que suspenda la instalación de la ventana por considerarlo una invasión a su privacidad, lo atormenta ser visto por este sujeto tan vulgar, tan grasa (como lo describe en una cena con amigos que son todavía mas cool y pelotudos que él). Víctor parece una buena persona que busca agradar, integrarse; sin embargo es un tanto pesado, molesto y tiene algunas actitudes que rozan las del psicópata. De este cóctel van surgiendo situaciones de un humor que en lugar de negro calificaría de inquietante, inquietud que irá creciendo paulatinamente con el transcurrir de la película.

Emile Benveniste decía que el "yo" carece de sentido sin un "tú". El problema comienza cuando los cimientos del propio sentido se ven amenazados por un Otro que parece haberse acercado demasiado, tanto que la última barrera es una pequeña medianera.