viernes, 16 de abril de 2010

Angel de la historia


Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Walter Benjamin - Tesis de Filosofía de la historia

viernes, 2 de abril de 2010

Debate entre Bergoglio y Karl Marx

Les transcribo la parte más jugosa. Lo enganché el otro día en el programa de Mauro Viale...

Bergoglio: La gente está cansada de tanta crispación. Debemos dejar atrás los desencuentros para impulsar la paz social que tanto necesitamos.
Marx: Claro, usted está hablando de la paz social que traería el socialismo, ¿verdad?. El final de las desigualdades y la opresión del hombre por el hombre. Si a eso se refiere, yo estoy de acuerdo.
Bergoglio: En realidad, lo que creo es que llego la hora del diálogo y de generar los consensos necesarios.
Marx: Ah, entonces usted se refiere a una revolución sin armas ni violencia. Instaurar el socialismo por la vía de la democracia burguesa, al estilo de Salvador Allende en Chile.
Bergoglio: No exactamente Karl. Mis demandas son un poco menos radicales, a ver si me puedo expresar un poco mejor...
Marx: Ya se, ya se. Para usted no es la hora del socialismo todavía. Pero exige diálogos y consensos mínimos para que se puedan tomar algunas medidas, aún en el marco del capitalismo, que favorezcan a los que menos tienen. Que los dueños de los medios de producción sigan siendo los mismos, pero que reasignen al menos una parte de su plusvalor para que la distribución de la riqueza sea un poco más equitativa. Debo decirle que esta postura me parece un poco tibia, aunque sin dudas tiene buenas intenciones.
Bergoglio: Tampoco me refería exactamente a eso. Ese sería un enfoque un poco pasado de moda, un tanto setentista, un enfoque que en nuestra iglesia ya quedó en el pasado junto con gente que ya no está entre nosotros, como por ejemplo el padre Mugica. Justamente ese es el pasado que tenemos que dejar atrás, el mismo que nos provoca tantos desencuentros, que nos crispa...
Marx: Perdón que lo interrumpa, pero...¿ a que se refiere exactamente con crispación?
Bergoglio: No se el significado exacto de la palabra. Supongo que tiene que ver con la falta de tranquilidad, de mansedumbre...
Marx: Espere un momento. ¿Usted no estará pidiendo un pueblo manso? En eso si que no puedo estar de acuerdo...
Bergoglio: Es que para que haya paz social es necesario que haya un poco de mansedumbre. Si ante cada injusticia va a haber alguien que se rebele, sonamos. Vamos a vivir siempre crispados, adiós a la tan deseada paz social.
Marx: Pero si nadie se rebela ante la injusticia nunca va a cambiar el orden de las cosas, el cual por tratarse de un orden capitalista es naturalmente injusto y desigual.
Bergoglio: Mire, la intención de nuestra iglesia no es cambiar nada. Sólo queremos diálogo y paz social.
Marx: Entonces a ustedes no les debe interesar mi idea de hacer la ignominia más ignominiosa, haciendo que la clase dominada tenga real conciencia del grado de explotación que sufre por parte de la clase dominante.
Bergoglio: Me temo que no nos interesa. Eso solo traería una infinita crispación.
Marx: Ahora creo entenderlo bien. Usted y su iglesia lo que quieren es una sociedad sin conflicto, pero no por eso pretenden una sociedad sin desigualdades que sería lo que mi sentido común socialista me dice que sería el medio para la ausencia del conflicto. No, usted quiere capitalismo sin conflicto, para lo cual deben acallarse las voces y acciones de quienes reclamen por las injusticias del pasado y del presente. Injusticias producidas por un sistema que es en esencia desigual. El consenso al que se refiere tiene que ver con consensuar entre todos la mansa aceptación del status quo que proponen los factores de poder. Que cada uno acepte el lugar que le toca, sin reclamos ni cuestionamientos. Desaparecería así eso que usted llama crispación.
Bergoglio: Eso es exactamente a lo que me refería. Sólo un filósofo de su talla podría haberlo expuesto tan claramente. Que el señor lo bendiga.
Marx: Gracias por el halago. Aunque no puedo aceptarle la bendición, ya que , por lo visto, voy a seguir siendo ateo.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Orgullo

“Aprendí a recordar con demanda de Justicia, pero también a recordar con alegría, por eso estamos aquí. Porque no nos ha movido el odio y la destrucción, sino el amor”.

Cristina Fernández de Kirchner - 24/3/2010 (Día de la memoria)


Es motivo de orgullo tener un gobierno que no sea garantía de impunidad para los peores criminales de la historia argentina, que promueve la memoria en lugar del olvido.
Es motivo de orgullo haber estado allí presente en este día tan especial, en un lugar que supo ser el peor de los infiernos y que hoy, gracias a años de lucha de madres y abuelas, es un símbolo de memoria, verdad y justicia.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Se prohíbe tomar el cielo por asalto


La frase el cielo por asalto es la más hermosa que escribió Karl Marx. “Estos parisienses que toman el cielo por asalto.” No es parte de El capital. Ni de los Gründrisse. Ni del Manifiesto. No podría serlo: surge, como una estrella jubilosa y única, de un hecho posterior a la redacción de esas obras maestras.

No pertenece a un libro. Está en una carta que le escribió a su amigo Kugelman, desde Londres, el 12 de abril de 1871. Apesta para el paladar de los anticomunistas. Es una frase subversiva. Tomar el cielo por asalto es apoderarse del poder de la sociedad burguesa, es ponerlo en manos del proletariado y, desde ahí, partir en busca de una sociedad más justa, sin desigualdades. Como la esencia del capitalismo es la desigualdad, tomar el cielo por asalto es quebrar su lógica y trastrocarla por otra que proponga la igualdad entre los hombres. La política, la jurídica y la económica. “El cielo” es la sociedad capitalista porque ésta siempre se ha postulado

como “lo mejor”. O lo “menos malo”. O, de todos los mundos posibles, como postulaba Leibniz y lo burlaba Voltaire, el mejor de todos, el que Dios nos ha cedido generosamente luego de haber analizado a los otros y descubrir que éste, el nuestro, es el superior y entregárnoslo. Tomar “el cielo por asalto” es adueñarse de él. Hacerlo propio. Ahora, el cielo es nuestro. De quienes hemos vivido casi en el infierno o, sin más, en él. Se nos hacía difícil pensar que esto podía ocurrir. Siempre nos parecieron demasiado poderosos los dueños del cielo. Siempre nos enseñaron que era de ellos, que les pertenecía por derecho divino o por linaje histórico o por tener mlas armas necesarias para defenderlo de cualquiera que se lo quisiera arrebatar. De esta forma, hemos aprendido las reglas del cielo. El cielo no se toca. El cielo tiene dueño. Cualquier intento de cuestionar el orden que reina en el cielo será castigado severamente, con la vida a veces. Prohibido escupir en el cielo. Robar es escupir en el cielo. Negarse a cumplir las órdenes de las autoridades constituidas es escupir en el cielo. No trabajar es escupir en el cielo. Quejarse por el salario recibido es escupir en el cielo. Matar –sobre todo a un miembro de la clase poseedora, de la clase superior– es escupir en el cielo. Desobedecer cualquier orden de un policía es escupir en el cielo, ya que en todo policía se encarna el orden celeste. Al cielo también se le dice patria. La patria es de todos. Todos pueden habitar en ella. Pero su suelo y la administración de sus cuestiones esenciales corresponden a los dueños naturales del cielo. El cielo –en su modalidad de “patria”– puede entrar en conflicto con otras “patrias” o“países”. A eso se le dice “guerra”. Ahí, todos –menos los que conducen el cielo y son sus grandes propietarios– deben defender el cielo. Defender el cielo es defender la patria. Defender la patria es ser un patriota. Es muy frecuente que un patriota tenga que morir por la patria. Tenga que morir por el cielo. Se le adjudicará un emotivo reconocimiento por su valor y su heroísmo, pero nada que pertenezca al cielo.Los dueños del cielo serán siempre los mismos. O sus socios, o sus familiares o sus descendientes. Hombres de sana ambición y laboriosidad pueden llegar a compartir algo del cielo con sus dueños, siempre que éstos lo encuentren beneficioso para los intereses del cielo, que son los de todos, los de la patria. Pero propiedad de los poseedores del cielo. El cielo tiene propietarios. Cada vez hay menos propietarios y más no propietarios. Esta desigualdad es propia del cielo. Al ser el derecho de la propiedad el elemento esencial del cielo no todos pueden ser iguales en él. Algunos tendrán muchas propiedades, otros tendrán menos y la enorme mayoría no las tendrá. O tendrá sólo las necesarias para su subsistencia, sin la cual no podrían trabajar para los poseedores del cielo. Se ha comprobado que los muertos no trabajan. El cielo tiene creencias en las que todos deben creer, leyes que todos deben cumplir y una jerarquía que nadie debe alterar. Todo ser humano puede ser feliz en el cielo. Sólo tiene que aceptar el lugar que en él le ha tocado. Algunos, como se ha visto, pueden modificarlo. Sólo algunos. Cuando son muchos los que quieren modificar el orden del cielo, sus naturales poseedores consideran esa acción como la más perniciosa para el cielo, pues quiere subvertir el orden que en él reina. Reaccionarán con extrema violencia. Porque subvertir el orden que reina en el cielo es la acción más destructiva que pueda nemprenderse contra él. Quienes lo hagan morirán o serán sometidos a terribles castigos de los que tal vez no salgan con vida. Es decir, también morirán. Subvertir el orden del cielo, pretender apoderarse de él, asaltarlo por medio de la fuerza ylas ideas perniciosas, es pretender matarlo. ¿Qué otra cosa sino la muerte merecen quienes perpetren semejante agravio?

Se prohíbe asaltar el cielo.

Está terminantemente prohibido tomar el cielo por asalto.


Jose Pablo Feinmann. Peronismo, Filosofía política de una obstinación argentina, Fascículo 74.

lunes, 1 de febrero de 2010

La maldición blanca, Haiti‏

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Préval.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor.

Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones.

Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del África.

El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos. De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado: –¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias? El anterior. Pues, que se restablezca–. Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados. Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte.

A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar. En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York.

El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho.

No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública. La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia.

Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años. Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe. Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras.

País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios. Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes. En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares. Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.


Eduardo Galeano